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Asesinatos de policías: guerra de baja intensidad

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EN LUCTUOSOS ESCENARIOS COMO ESTOS, LAS VOCES DE LAS PSEUDO ORGANIZACIONES DE DERECHOS HUMANOS SE MANTIENEN MUDAS, PESE A QUE ELEVAN SUS GRITOS PARA DEFENDER DERECHOS DE LOS DELINCUENTES

Santo Domingo

El trágico hecho producto del enfrentamiento policial con los asaltantes de una entidad bancaria, que dejó un saldo de un oficial superior muerto, cuatro oficiales superiores y un sargento policial heridos, junto a uno de los presuntos asaltantes abatido por la policía, colocan otra vez en escena la “guerra de baja intensidad” que la institución del orden está librando en estos momentos para tratar de mantener un clima de seguridad ciudadana que, extrañamente se ha desbordado en las últimas semanas cuando se proxima el 16 de agosto.

Con el caso de la entidad bancaria habrán especulaciones y recriminaciones por la actuación policial pero, por el momento, hay que dejar que las investigaciones de Asuntos Internos PN auxiliando al Ministerio Público sigan su curso hasta su conclusión final, y que podría ser otro tema para un próximo análisis, pues a todas luces se cometieron sospechosos errores no propios de oficiales de experiencia, sin embargo ahora nos toca honrar las muertes de los policías caídos en el cumplimiento de su deber, haciendo justicia en continuar la indetenible labor de apresar a los asaltantes y quienes segaron la vida de estos valientes agentes, para someterlos a la acción de la justicia.

En este análisis no pretendemos hacer conjeturas sobre supuestos planes internos para empañar la eficiente labor que hasta el momento viene realizando el director general de la institución, el mayor general Ing. Ney Aldrin Bautista, PN, sino más bien poner en contexto el preocupante fenómeno que produce el incremento constante de asesinatos de efectivos de la policía, muertes que no distinguen rangos o jerarquía dentro de las estructuras de la organización policial y que es demostración de que dicha carrera es la de más alto riesgo dentro de cualquier organismo de seguridad del Estado.

Pero paralelo a esta situación extraña, corren también de la mano de ciertos “especialistas”, los análisis de medios y redes sociales como elementos que contribuyen a crear nebulosas alrededor de la realidad, apelando al recurso más interesado y preferido: la desinformación.

Estos “especialistas” muy pocas veces se detienen a “analizar” el hecho de que cada agente abatido enfrentando el crimen en defensa de la sociedad, cada policía asesinado por un delincuente para despojarlo de su arma de fuego o como causa de la violencia social, también tiene un nombre, que es un ser humano, que puede ser padre y que deja una mujer viuda y unos niños huérfanos que son también víctimas, que quedarán marcados para siempre con la brutal e indeleble huella de la muerte violenta y la orfandad más ominosa: el olvido de la sociedad y el mismo Estado.

En luctuosos escenarios como estos, las voces de las pseudo llamadas organizaciones de derechos humanos se mantienen mudas, esas mismas que tan rápidas elevan sus a gritos para defender los derechos de los delincuentes, y quienes al mismo tiempo critican ácidamente a la policía e ir por sus despojos mortales para transformarlos en carroña, para ser servidos como alimento para buitres de algunos de esos “analistas y expertos” que solo buscan audiencia en los medios. ¿Acaso no son humanos los agentes de la policía, no tienen derechos humanos? ¿Dónde está en ellos la supuesta justicia que suelen reclamar a los “humanos” delincuentes?

Hacia donde ellos debieran enfocar sus agudos esfuerzos, es en lo que basaré esta parte de nuestro análisis, es al tumor social llamado crimen organizado y la violencia, fibroma que ha hecho metástasis en la anatomía del país, a causa de las fallidas políticas de seguridad públicas, de la mala elección de los anteriores ministros y directores de policía -que no es el caso en la actualidad-, que han permitido el contubernio entre narcodelincuentes, políticos y funcionarios corruptos del Estado, tanto políticos, militares, policías, fiscales, entre otros; lo que ha permito el desarrollo de una nueva casta de delincuentes de mucho poder y bajo perfil.

Como consecuencia de ello, el consumo de drogas se hace “a la clara” en los barrios, en donde la frágil tranquilidad en esos sectores vulnerables generalmente se debe más bien a la acción “pacificadora” que los capos, quienes dominan sus respectivos territorios con mayor control que las escasas autoridades, pues a los capos no les conviene la delincuencia callejera, ya que ésta “desestabiliza” sus negocios de puntos de drogas. Y como el cáncer, que devora silenciosamente el cuerpo del enfermo sin que se dé cuenta, el crimen organizado va sigilosamente escalando en las alturas y permeando todo lo que puede sin que se le haga una real y efectiva resistencia.

Hacemos la advertencia a las autoridades que, de no actuar a tiempo con la necesaria responsabilidad y coraje para combatir este carcinoma social, aunque tengan que asumir el costo político que requieran las circunstancias, sufriremos muy pronto los desgarradores síntomas de la “colombianización” de nuestra nación, pues basta con analizar los distintos episodios de violencia aguda con involucramiento de autoridades del Estado corrompidas para detectar a simple vista patrones cuantitativos que nos indican hacia dónde evoluciona la enfermedad mortal del “paciente”.

La misma lectura de estos síntomas arroja una metódica secuencia de lo que ha ocurrido en los países más violentos de América Latina, donde los típicos patrones de violencia actualmente en desarrollo nos indican que la Policía Nacional enfrenta a una criminalidad cada vez más desafiante y agresiva, que nos lleva a la conclusión de que estamos ante una guerra de baja intensidad, y que pronto podría degenerar en la “mexicanización” del país, o peor aún, derivar en una guerra irregular con paramilitarismo, cuando se unan al crimen organizado bandas de ex militares y policías bajo un liderazgo enquistado en el Estado, situación agravada por una frontera prácticamente inexistente y una migración descontrolada proveniente de un narco estado como es Haití, lo que nos llevaría a la otra fase del cáncer: la “venezolanización” de la nación.

En este contexto, los prototipos de asaltos espectaculares de los últimos años se salen de las convenciones criminológicas de la delincuencia común, más bien obedecen a acciones delictivas de carácter militar, y aquellos “analistas” que puedan calificar nuestro enfoque como exagerado o fantasioso no lo hacen por ignorancia, pues ejemplos sobran en los países vecinos,, cuya permisividad del Estado al hacer caso omiso a las “alertas tempranas” que da el cuerpo social enfermo nos lleva a señalar que hasta la falta de inacción política también tiene sus límites y, por consecuencia, sus peligros.

Por lo tanto, lo que hoy aparenta ser un supuesto brote de criminalidad y violencia aleatoria pudiera tratarse en realidad de un brote criminógeno selectivo, progresivo y escalonado en donde todos los organismos de seguridad del Estado deberían colaborar junto al director general de la Policía Nacional, oficial a quien sobran las condiciones de mando, preparación académicas y experiencia necesarias para abordar estos grandes desafíos, pero que tiene que contar con este respaldo para desmembrar “aparentes” estructuras mafiosas dentro de la institución que se fortalecieron en pasadas gestiones de incumbentes recientes y que pudieran obedecer a oscuros intereses.

De manera, que desde esta tribuna del periodismo nacional, el Listín Diario, alzo mi voz igual que lo hiciera tanta veces mientras desempeñé las delicadas y complejas funciones de la jefatura de la Policía Nacional para salir en defensa de esos miles de agentes policiales que día a día arriesgan sus vidas para preservar la seguridad pública, la vida y bienes de los ciudadanos, para garantizar la convivencia pacífica, el ejercicio de los derechos ciudadanos, el fortalecimiento de la democracia y la libertad, aún ofrendando sus propias vidas si fuese necesario.

Elevo mi voz para decir que, en cada policía asesinado y en cada agente que sale de su casa a trabajar para la nación se hace verídica la máxima del filósofo Séneca cuando dijo: “incierto es el lugar en donde la muerte te espera; espérala, pues, en todo lugar”. Ya que ser policía es una profesión de alto riesgo, pues sabemos cuándo salimos al despedirnos con un beso de nuestras esposas e hijos, pero nunca tenemos la certeza de que regresaremos vivos a nuestros hogares.

Es en este contexto, que exhorto a toda la institución del orden, muy bien representada por su Director General, a que cada agente abatido sea el impulso vigoroso para que todos cumplan con su sagrado deber, siendo la mejor forma de honrarlos es trabajar sin descanso para llevar a todo tipo de criminales e infractores de la ley a la justicia y garantizar la paz ciudadana.

Estaremos siempre desde este lado de la baranda del honroso retiro, atentos ante los acontecimientos como un padre responsable pero respetuoso al desempeño de sus hijos, con la firme esperanza de que al fin el Estado asuma la decisión de aplicar la quimioterapia al cuerpo social ya enfermo, develando todo aquello que forme parte del andamiaje peligroso y macabro de aquellos autores intelectuales que manipulan desde las sombras y sus cómplices dentro del Estado que deliberadamente apadrinan y ocultan.

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